miércoles 9 de diciembre de 2009

Diario de un violín

He esperado impaciente durante

mucho tiempo el momento en el que mi dueño viniera a sacar de mi interior las notas que, todas juntas, formasen esas preciosas canciones que aunque he escuchado millones de veces en otros compañeros tocada

s por sus dueños, no escuché aún a nadie que fuese capaz de hacer brotar tantos sentimientos como hace mi amigo del alma cuando me hace sonar.

Mi amigo se llama Antonio, es alto, delgado y, debido a su avanzada edad, ha perdido casi todo su cabello. Tiene los dedos más finos y ágiles que nunca pude ver. Sus dedos... ¡Ay! Aún recuerdo cómo hacían sonar "Meditation" del gran Jules Massenet en su ya perdida juventud.

Mi amigo hace ver que es un cascarrabias, tacaño y solitario, pero la verdad es que esa es la fachada que ha levantado gracias a su exp

eriencia para que ninguna de las barbaridades que hay en este cruel mundo le aflijan. Yo lo sé, le conozco muy bien, llevamos juntos más de 30 años, y sé perfectamente que cuando su tono de voz aparenta reflejar hostilidad, en realidad sólo intenta ocultar su pena. Yo lo sé…

He vivido tantos momentos a su lado… Puestos a recordar, viene a mi memoria cómo me quedaba aparcado en un rincón cuando él dirigía la filarmónica de Málaga. Me sentía triste. Triste porque no podía sonar al compás de mis compañeros, pero, a la vez, orgulloso de que mi amo pudiese realizar tan perfecto trabajo como director. Y, al final, el orgullo siempre ganaba a la alegría porque, creedme, he conocido a muchos músicos, pero no hay ninguno como mi amigo.

o he estado junto a él cuando recogió el premio nacional de violín allá por el año 1917, si la memoria no me falla, y he estado también allí cuando hacía brotar las lágrimas de su hija más pequeña en las reuniones informales de amigos artistas en el café.

Tengo tantas ganas de salir de mi estuche… No os podéis hacer una idea. Llevo tanto tiempo esperando para ello… Algunos días él me coge y me saca brillo con un inmenso cariño hasta dejarme tan reluciente que podríais veros reflejados en la madera que viste mi cuerpo. Se podría decir que hasta siento que abraza mis surcos. Afina mis cuerdas con sumo esmero pero, desde que murió su esposa, nunca llega a hacer sonar una melodía completa, quizás por miedo a que sus temblores estropeen alguna canción que podría haber sido calificada como la más bella en este planeta azul.

Hoy, al final del día, ¡por fin han abierto mi estuche!. Nada más contemplar los primeros destellos de claridad he intentado tranquilizar mi gran entusiasmo para que sus delicadas manos pudieran cogerme correctamente, pero no ha sido mi gran amigo el que me ha sacado al mundo exterior. Unas torpes manos han agarrado mi fino cuello sin ningún cuidado y me han examinado de arriba abajo, pretendiendo pronosticar mi futuro. A lo lejos, sólo he podido escuchar la triste voz de una mujer, pero ni rastro de mi dueño.

Entonces, y sólo entonces, he comprendido que mi gran amigo nunca volvería a sacarme brillo, ni a mimarme como a un hijo reencontrado. Entonces, y sólo entonces, he podido darme cuenta de que la esperanza de volver a notar la vibración de la música en mi interior estaba totalmente evaporada, por lo que ya no tenía sentido seguir esperando.

Y ha sido entonces cuando mis cuerdas que, por si no lo sabíais, son el corazón de los de mi especie, se rompieron; como si la tensión que habían soportado durante años, al igual que los años que habían pasado a lo largo y ancho del corazón de mi compañero, hubiese llegado a su fin.